lunes, 16 de noviembre de 2009

The Walk, Woman with a Parasol


Noche tras noche repetía el mismo ritual, justo antes de irse a dormir. Arropaba al pequeño Jean y le contaba un cuento, después le daba las buenas noches a su marido y entonces se iba al minibar del salón a servirse su bebida preferida. Con la copa de vermú en la mano y encajada en su blanco camisón, se sentaba en el confortable sofá, junto al fuego, y se dedicaba a observar su más preciado tesoro, “Madame Monet and Her Son”, pintado por el pintor francés Monet, y comprado hace un año en Nueva York. Mantenía una mirada constante en el rostro de la mujer vestida de blanco hasta que se le acababa la copa y, acto seguido, se iba a dormir. Y así todas las noches desde que se apoderó del cuadro. Supongo que lo hacía porque era lo único que, desde hace tantos años, le hacía sentir paz, una profunda y calmada paz que no había sentido desde que se casó y pasó a vivir una vida muy lujosa en la cual no le faltaba de nada. Pero eso no le gustaba; no le gustaba su casa junto al acantilado; no le gustaba su armario, lleno de ropa de toda clase de marcas caras; no le gustaba el hombre con quien se había casado, un completo gilipollas, un avaricioso empresario (¿por qué lo habría hecho?); no le gustaba su… Bueno, era su hijo y lo quería mucho, pero nunca se había visto como una madre modelo. Pese a todo esto, había encontrado su pequeño mundo, sólo suyo, nadie podía quitarle su momento de paz… ¿O si?

Al día siguiente se levantó y se dedicó a hacer lo que toda madre rica sin trabajo hace: nada. Y a pesar de no hacer nada, tardó un rato en darse cuenta de que algo en el salón había cambiado.¡¡EL CUADRO, EL CUADRO!! No estaba. Lo buscó por todas parte, cada rincón de la casa, pero no halló nada. Empezó a sentir una gran angustia, como si hubiera perdido a su hijo o hubiera muerto su padre; no podía respirar, sentía una gran presión en el pecho. Llamó a su marido para saber si él se lo había llevado; fue al colegio en busca de Jean, pues podría haberlo roto y luego haberlo escondido para que mamá no se enfadase. Nada, el cuadro no estaba en ninguna parte.

Y así pasaron tres días, ella sentada delante de donde solía estar colgado el cuadro, bebiendo una copa tras copa, en un estado de shock que nadie podía creer. Al cuarto día se despertó, pero ya era de noche. Se dirigió hacia las habitaciones y vio que estaban todos durmiendo. Volvió al salón, se calzó sus zapatillas blancas a conjunto con su camisón, cogió un paraguas blanco y salió a uno de los patios con vistas al acantilado. Se asomó para ver el fondo, no se alcanzaba a ver nada, pero si vislumbró algo entre las rocas más cercanas al patio. Era el cuadro, su preciado cuadro que tanto había buscado. Se agarró a la baranda y alargó el brazo para rescatarlo, pero al ver que era imposible sintió tal desesperación que se arrojó al vacío llevando el cuadro consigo.

Gloria Romero García

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Es una pena que alguien se sienta tan atrapado y/o solo que tenga que depender tanto de un objeto, como el cuadro. Pero bueno, en cierta manera supongo que algunos nos hemos sentido asi alguna vez, por lo menos yo; solo que en lugar de un cuadro, han sido libros o peliculas incluso. Estaria bien saber que pensais sobre esto.
Cris.

Puli dijo...

Esa reflexión es muy interesante. La verdad es que el sentimiento de la protagonista define muy bien el funcionamiento de la sociedad hoy día, en la que absolutamente todos nos agarramos al dinero y las cosas materiales como sustituto de una vida interior de verdad. Porque si lo piensas todo lo que hacemos lo hacemos con algún fin material (pregunta a cualquier niño por qué va al cole o son importantes la mates o la lengua). A los que no nos gusta eso, como los filólogos, somos los bicho raros de la sociedad. No creéis?

Anónimo dijo...

No creo que los filólogos seamos bichos raros por esa razón, pues somos muchos los que nos sentimos unidos inseparablemente a bienes materiales, unos a ropa, otros a dinero, otros a libros...

SIn embargo yo creo que la protagonista ve en el cuadro la ventana de salida de su vida materialista, no es tanto que esté unido a algo material como reflejo de la vida o sociedad materialista, sino que precisametne por escapar de ella se ve unida a un cuadro que le hace "volar" a otro lugar...

Ruy-angelus

Puli dijo...

No te engañes, Ruy, las cosas no tinen valor por sí mismas. Las personas nos agarramos a los valores, pero a veces están tan difusos que los confundimos con la pasta de un libro o la pintura de un cuadro. Ella era el cuadro, podía verlo aunque lo hubieran tirado, pero tenía los ojos cerrados. Por eso se tiró al precipicio.

Grupo NT dijo...

No sé porqué se tiró, pero el cuadro era la ventana de su cárcel, y he ahí el valor del cuadro para ella.

Ruy, angelus, cómo quieras.