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viernes, 19 de febrero de 2010

Azul


A lo lejos, sobre la arena, una figura apenas perceptible bajo la tenue luz de la luna. Estática, solo sus ojos oscuros bajo sus largas pestañas insinúan un leve movimiento, mientras su mente vuela con mil preguntas que no dejan de aletear cual colibrí hace caer su maravilloso batir de alas.

“¿Soy yo en realidad?” me observo desde fuera como si mi alma y mi cuerpo ya no estuviesen unidos pero, ¿de verdad existe el alma?

Horas, minutos, segundos……… Momentos pasados, vividos, sentidos y, sin embargo, han significado tan poco.

“¿Cuál es mi realidad?, ¿la de hoy?, ¿la de ayer?, o ¿será simplemente aquella qué ocurrirá cuando deje de existir?”

Una suave brisa mece el pelo caído sobre los hombros, sigue sentada en la arena. “El viento, donde me lleve, allí iré, a cualquier lugar”. El mar, como cielo bajado a sus pies, la llama, la atrae, le habla al rozar sus dedos: “Ven, acércate, cerca está lo que siempre has buscado”. Y sin más, dirigió sus pasos hacia donde ella pensaba que encontraría su felicidad.

Miré hacia arriba, y allí estaba, era ella, la Luna Azul, que aún apenas perceptible y dirigiéndome una sonrisa, hablaba. “¿Te das cuenta? Nada es imposible”. Volví la cabeza y en ese momento me di cuenta: Yo ya no estaba, la figura que durante horas había permanecido quieta sobre la arena, había desaparecido.

Anónimo

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un virtuoso del aire


Fue acostumbrándose a dejar de respirar y con el tiempo la cara se le quedó roja roja. De pequeño aguantaba sin problema los minutos de silencio en que nadie respondía a las preguntas de Lengua, o el rato que don Juan tardaba en explicar que una ecuación de segundo grado consistía en “averiguar qué valor o valores al ser sustituidos por la indeterminada convierten la ecuación en una identidad.” En casa se echaba partidas enteras de tetris sin tomar aire, asustaba a su hermana haciéndose el ahogado en el baño; y en una ocasión le dio el disgusto a la madre saliendo de la cocina con la cabeza totalmente envuelta en papel celofán. Lo llevaron a varios dermatólogos, pero ninguno supo explicar por qué se enrojecía tanto la piel al contacto con el oxígeno. “Su hijo es anfibio,” llegó uno a decir. Al menos eso le dio una popularidad efímera y un contrato para un anuncio de coches en televisión.
Para él era una de las cosas más sencillas del mundo, En verdad no lo negaba a nadie, pero no le creían: en el mejor de los casos lo atribuían a un sentimiento de modestia; pero generalmente lo consideraban un propagandista, o un ruin farsante para el cual no respirar era fácil porque conocía el sistema de hacerlo.
La fractura entre él y el mundo comenzó cuando ganó el concurso de buceo en el campamento y lo descalificaron por tramposo. Ya de mayor, la sauna, el yoga, la apnea, la retención en vacío y la lectura de Kafka le ayudaron a comprender que todavía estaba en condiciones de prolongarlo más, todavía mucho más, por tiempo ilimitado. ¿Por qué cortarlo cuando estaba en las mejores condiciones? Un día decidió dejar de respirar, como quien deja de fumar, y llevó una vida más o menos normal durante cinco semanas y media. Actualmente su expediente está depositado, junto con el cuerpo, en un centro de investigación del CSIC. Lleva el nombre clave de anfibio rojo.
Ricardo Navarrete Franco

jueves, 10 de septiembre de 2009

Amarillo


6 de enero de 2009

Por favor, por favor…- la súplica rasgaba su garganta. Le temblaba el labio inferior, las lágrimas y el sudor bajaban por su cara y se reunían en su boca ensangrentada.

¿Dónde está? – repitió una voz seca, de leve acento ruso que salía de la oscuridad. Olía a oxido y orina.

Ya…lo he…dicho… - contestó como pudo entre sollozos - ¡Lo di! ¡Lo di entero! – apenas le salía un ahogado grito

¿Señor? – respondió un hombre alto de voz grave a una señal de la oscuridad.

No muy fuerte. Le necesito vivo y bien despierto-. Pero, a veces, la fuerza se va de las manos y Nicolás cayó al suelo. No volvería a levantarse. Olía a sudor y sangre.



4 de noviembre de 2008


Un vaso de vodka y un bocadillo de queso azul y salmón barato descansaban en una mesa de madera verde.

Esta es nuestra noche, Michenka. Un tipo de camiseta blanca y áspera barba de tres días se sentó en frente de la televisión y se llevó el bocadillo a la boca. Unas migas cayeron en sus piernas mientras miraba las saltarinas bolas amarillas de la lotería rusa. La más cuantiosa de su historia.

Cayeron las bolas:

24 5 12 7 8 17 4

Michenka lamió dulcemente la mano de un Nicolás desmayado, en la que sostenía un boleto de idénticas cifras.

Cristina Sampedro Alonso

domingo, 30 de agosto de 2009

Vida en morado


A Lucía hoy le han echado la bronca en el trabajo. No le ha pasado muchas veces, por eso le fastidia tanto que su jefe le llame la atención por algo tan tonto como el color de sus uñas. Ningún cliente se ha quejado de que le atendiera una mujer con las uñas pintadas de morado. De hecho, a ella le pareció muy buena idea usar ese color porque era bastante original y eso era precisamente lo que su vida necesita ahora mismo: aire fresco. Le cabrea un poco demasiado el tema.

Va en el bus mirándose las uñas y pensando en sí misma. En cómo ella tampoco tiene un tono que los demás entiendan demasiado bien. Pensaba que era absolutamente transparente hasta que de pronto un día Guillermo, el hombre de su vida, le miró a los ojos y le dijo que no le creía, y la dejó. Si él, para el que había abierto todo su ser, no la comprendía ni la conocía, entonces ella era poco más que un fantasma. Una sombra oscura que se mueve de noche y pasa difusa por camas de extraños en las madrugadas. La mujer que lloró un día entero después de que la mirara una monja. Lucía aparta la vista de sus uñas y escudriña por la ventanilla.

Allí, en el semáforo, parado dentro de un BMW negro, un hombre engominado lleva una corbata morada. Parece perfectamente normal y respetable, y sin embargo Lucía no para de imaginárselo embutido en un traje de lentejuelas morado. Zapatos de tacón alto y peluca extravagante, escapa de los cánones en un club nocturno cada tres semanas exactamente. El morado es la última faceta visible para el ojo humano en la descomposición de la luz. Es lo más oscuro antes de la ausencia del color. Y sin embargo, Lucía lo ve todo más claro cuando piensa en morado.

Esa tarde visita a su abuela y le cuenta su problema. Duda si recordará cómo es el color morado, porque la pobre está ciega. La vieja sonríe y le cuenta una anécdota parecida de su juventud. Se saltó el luto de un tío suyo por estrenar un vestido que había estado cosiéndose durante semanas. Era un vestido morado. La inocente no tenía culpa de que su tío hubiera elegido una fecha tan inconveniente para morirse. Le obligaron a teñirlo de negro, después de darle un par de tortazos. Esta tarde su nieta la lleva de paseo por el parque, con una pañoleta morada sobre los hombros.

Al día siguiente Lucía va al trabajo completamente vestida de morado, uñas incluidas. Al jefe parece que sólo le molesta el detalle del color de sus cutículas. Lucía le dice lo que piensa sin más, porque no ve nada malo en ninguno de sus pensamientos, pero la despiden igualmente. Se sienta en un banco y mira a través de la ventana a sus compañeros. Enclaustrados con la barbilla pegada al cuello, todos visten de gris, negro y blanco. Ninguno parece pararse a pensar sobre nada en ningún momento, no puede imaginarse a ninguno teniendo una vida secreta. Como peces en una pecera, con una memoria limitada que les hace olvidarse de ellos mismos cada dos por tres. Lucía ya lo comprende todo.

Se mira la uñas un buen rato y se marcha a casa, feliz por haberse encontrado.

Mª Dolores García Torres

miércoles, 12 de agosto de 2009

Verde


Ya no podía ni respirar. Asomaba el cuerpo entero por la ventana para coger aire, pero solo conseguía notar su peso agolpándose fuera del marco.
Cada vez que cogía un cuchillo lo imaginaba clavándose encima de su vientre, justo el centro de su cuerpo. Y lo hizo. Lo hizo para liberar el dolor, para estar al otro lado y tener otra visión desde allí. Para querer estar a este lado.
Dejó el vinilo encendido al salir, quería que la música siguiera sonando después de que ella se hubiera ido.
Desde la ventanilla del avión miró el paisaje de su refugio, nunca había visto nada tan verde.

Reyes Ferrer Astillero

domingo, 2 de agosto de 2009

Las gafas rosas


¡Cuánto duele perder algo que se sabe perdido desde hace mucho tiempo!, ¿por qué duele tanto esta situación?...Porque ya no tengo nada.

Cuando entró en el avión las lágrimas bañaban su cara, enfriándola. Quería sonreírle para que fuese esa su última imagen. No quería ser recordada con la cara húmeda y los ojos manchados de rimel. Esbozó una sonrisa para él. Tenía ganas de correr fuera, de saltar de ese estúpido avión que los separaba. Él le decía adiós con las manos. Se veía tan ridículo. Volvió a sonreír. Por fin se sentó en su asiento. Sabía que él seguía allí de pie, en el mismo sitio en el que ante se habían besado. Donde intentó no llorar mientras le decía que todo iría bien... Mentirosa. “Nos veremos de nuevo”, habían prometido ambos. “Te esperaré el sábado, y el Domingo, pero no vengas el lunes, ya no estaré”, bromeó. Aún podía sentir el tirón que dio a su chaqueta para acercarla a él. Cómo la cogió de la mano. Volvió a sentir algunas lágrimas traidoras caer por su rostro. “Pronto” le había susurrado él.
Un niño pequeño se sentó a su lado. Estaba llorando, nervioso. De repente dejó de llorar y la miró curioso. Ella se sacó sus gafas de sol y se las puso al niño. Eran de color rosa, muy llamativas. Después sacó de su bolso un espejo y se lo ofreció para que se viese. “Estoy guapo” dijo el niño. Ella miró por la ventanilla de nuevo, pero él ya no estaba. Cuando volvió la cabeza vio que el chico le devolvía las gafas. “Creo que son mágicas, toma”. Se puso las gafas e intentó dormir. De repente se sintió bien, tranquila y cansada. Quizás sí que eran mágicas después de todo...Se estaba quedando dormida, cada vez oía las voces más lejanas, pero antes de caer rendida, sintió un calorcillo en su oído: “pronto”. Sí, todo irá bien, dijo en voz alta. “Claro” dijo el niño, “mi padre es el piloto”, pero ella no lo oyó. El niño sonrió al ver como en su cara aparecía una sonrisa. “Ya sabía yo que esas gafas eran mágicas”.

María Suárez Alonso