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domingo, 28 de junio de 2009

Ira


Llevaba toda la noche temblando y el calor en su frente y nuca nublaba todos sus pensamientos. No hubiese cambiado ese confuso sentimiento por nada en el mundo. Era mejor que ir a 200 kilómetros por hora, que arrojarse de un avión sin paracaídas, que golpear a alguien que odias, mejor que el mejor beso del mundo, mejor que un orgasmo, mejor que mentir, que matar. Era ese sentimiento al que todos tememos y amamos a la vez. La ira, que nos descontrola, hace que nos vaya el corazón a mil, que dejemos ese rastro de humanidad que aún nos queda para convertirnos en auténticos animales salvajes...

Le encantaba sentirse así. Sentir ira y reprimirla una y otra vez, una y otra vez, hasta que ya no podía más. Hasta que debía estallar.

Tenía sangre en las manos y en la boca. Su camiseta estaba rota y sus ojos llenos de lagrimas. Cuando le daban esos ataques no recordaba bien lo que hacía, pero si que recordaba ese bendita sensación. Era como la droga, pero mejor.

Se levanto con gran esfuerzo y cojeando llego hasta el baño. Metió la cabeza bajo el grifo y después se lavó las manos. Le dolía todo el cuerpo ¡si solo pudiese recordar que había pasado!. Su acercó a la cocina y bebió un poco de leche del brick. Abrió el periódico del día anterior y encendió la televisión. Se sentía muy solo. Pero sabía que era mejor así, no quería que nadie se preocupase por el. Era, como solía decir “un perro solitario que se lamía sus propias heridas”. Había decepcionado a todos los que esperaban algo de el, eligió el mal camino. Lo peor no era que no fuese lo que los demás querían que fuese, sino que tampoco era lo que el quería ser. Era un monstruo, un mentiroso, un ladrón. Era tan duro mirarse al espejo y no reconocerse en el...

Se encendió un cigarrillo mientras se rascaba la barba de varios días.

Algo había pasado. Dio volumen a la televisión ...”el cuerpo del joven fue encontrado al lado de unos contenedores cercanos a una discoteca” alguien había muerto ...”el cadáver presentaba numerosos golpes y hematomas...” apagó el cigarrillo y se puso una camisa limpia. Tenía una gran sonrisa en la cara. “ya recuerdo qué hice anoche”.

María Suárez Alonso

viernes, 22 de mayo de 2009

Pereza


“Oye, ¿estás durmiendo?"

Otra vez esa voz, me taladra la cabeza. Qué se calle por favor.

“No, me estoy mirando por dentro” le digo, lacónica.

“Déjate de tonterías. Levántate y ven a ayudarnos. No te quedes ahí como una inútil”. Se va. Veo como sus pies se alejan en la arena. Inútil. Inútil. ¿Inútil? La palabra se queda flotando en mi mente de diversas formas y recuerdo. Siempre he sido tan guapa, tan rica…y siempre me he sentido tan inútil. ¿Cómo no se da cuenta? Soy inservible, soy frágil y soy cobarde. Tengo miedo de que vean que soy una inútil de verdad. Por eso me pongo mis enormes gafas de pasta negra enormes y me estiro a tomar el sol mientras los otros trabajan. Aparentemente relajada. Aparentemente despreocupada. Aparentemente altiva.

Asquerosa pereza, pecado de los inútiles.

Cristina Sampedro Alonso

jueves, 21 de mayo de 2009

Soberbia


Jueves, 8.00
Una mañana más. Me levanto y tengo que estar lista antes de las nueve para cuando llegue Marcos salir a desayunar. Una de las pocas tradiciones que aun conservo.

9.05… 9.10. Nunca se retrasa, ¿le habrá pasado algo? 9.30. Ya no puedo esperar más, voy a llegar tarde a trabajar. Lo llamaré desde allí. Estupendo, no coge el teléfono, pero bueno, ya me llamará cuando vea las veces que lo he llamado.

21.00. Estoy muerta, vaya mierda de trabajo. Pronto se acabará, cuando Marcos y yo nos marchemos de esta horrible ciudad. Mmm… Que extraño, yo no suelo utilizar este tipo de palabras.

23.00. Le dejaré un mensaje en el buzón de voz. No tengo que preocuparme, si hubiera ocurrido algo malo me habrían llamado, soy su número de emergencias.

Viernes, 8.00
De nuevo a trabajar. ¿Algún mensaje o llamada en el móvil? No. ¿Tendría que empezar a preocuparme? Me pasaré por su casa. Nadie responde al telefonillo. Me voy a la acera de en frente por si puedo ver su ventana desde allí, nada. Vuelvo a picar y me responde una chica, creo que es su hermana. Le digo quien soy y le pregunto por él, pero me cuelga inmediatamente.

22.00. Todo es un poco raro, pero no me siento mal, ni tampoco desesperada por la situación. Intento recordar si ha pasado algo entre los dos, pero no encuentro nada dentro de mi cabeza.

Sábado, 10.00
Salto de la cama llorando sin parar. Pasan cinco minutos, ya estoy un poco más calmada. Me siento en el borde de la cama e intento recordar la dichosa pesadilla. Hace cosa de una semana, en casa de Marcos, discutimos no recuerdo por qué. Pero esta vez ya no era yo la persona altruista de la relación, ya no intentaba darle la razón en todo. Ahora no aceptaba su argumento, estaba segura de que yo llevaba la razón, por mucho que él dijera. Pero esto es rarísimo, ¿cómo podía ser que yo me diese la razón cuando yo le había puesto los cuernos? Es algo que en realidad jamás me perdonaría a mi misma.

11.00. Tengo la sensación de que la pesadilla fue real y no un sueño. Volveré a llamarlo. Por fin me responde, pero sólo para decirme que lo deje tranquilo y que no lo vuelva a llamar nunca más. Cuelgo el teléfono, esperando una oleada de lágrimas, pero no llegan, no me siento nada mal. Me levanto y voy hacia el baño. Me miro en el espejo, me gusta lo que veo. Yo, Beatriz, una chica guapa y llena de soberbia. Mi nueva yo.

Gloria Romero García

miércoles, 20 de mayo de 2009

Gula

Buffet Libre

El niño se movía deprisa con el plato blanco y limpio bajo el brazo. De vez en cuando daba una carrerilla nerviosa para adelantar a alguien mientras sobrevolaba los expositores. Decidió empezar por el del tejadillo de la bandera italiana. Con la pinza se sirvió elegantemente unas cuñas de pizza reseca: 4 estaciones, mar montaña con atún, mexicana y pepperoni. La margarita la abandonó junto a las salsas. La misma la comía en casa congelada. De espaguetti cogió algo, no mucho, para probarlos. Se deshacían con solo sujetarlos. Y otro poco de tortellinis medio abiertos. La cuchara de plástico quedó chorreando tomate al lado del cuenco, y así la dejó. No había carne picada ni queso rallado. Levantó la mirada –se sabía bien dónde estaba todo-- y se orientó enseguida: “Embutidos, patés y quesos.” Allí aderezó el primer cargamento con lonchas de queso, chorizo vela mont vert, delisandwich langosta, galantina jardinera. Llevó su presa a la mesa a pasitos cortos, el plato sujeto con las dos manos, el mentón en el pecho.

En una esquina del salón, detrás de bandejas grasientas y humeantes –nadie se lo había dicho—esperaba un cocinero con su gorro. Fogonero a la roteña, pularda asada, jamón guisado al horno, redondo de ternera, ¡patatas fritas¡ Ahí tuvo un contratiempo, porque había que hablar. Pidió el jamón (“para su padre”), el redondo (“para la abuela”), y el pollo (“para su hermano”). Un jubilado se tambaleó ligeramente hacia él y el muslo de la pularda cayó al suelo desde lo alto del plato. –¡Cómo es la gente! –escuchó que decían— ¡si se puede repetir lo que uno quiera!

Un eructo poco discreto lo recuperó para la tercera incursión de sólidos, pero antes necesitaba líquido, líquido. Al no estar la bebida incluida sólo le habían permitido un coca-cola. Casi pegada al aseo de caballeros es donde encontró la maquinita, camuflada por una fotografía de frutas tropicales. Colocó el vaso diminuto correctamente, le dio al botón y salió un chorrito amarillo. Amargo y rasposo, no era de naranja. Lo dejó junto a otros que había por allí a medio vaciar y pasó a su segunda opción, melocotón. Un poco dulce, pero gracias a él pudo continuar. Tarta con kiwi, con nata, con trufa, de frambuesa, de limón, de wisky, selva negra, tiramisú. Prácticamente sin ganas enjuagó el cucharón de helado en el agua marrón claro y se echó dos bolas, de chocolate, de vainilla, fideos de colores, una ciruela pasa y sirope de caramelo.

Lo último que oyó fue a su abuela que le decía al verlo venir todo rojo: ¡Hugo, Hugo Ciacco, ay Dios mío! ¡Irás al tercer círculo, junto a los lascivos! Y así fue. Por el hueso. De la.

Ricardo Navarrete Franco

lunes, 18 de mayo de 2009

Envidia


David y Guillermo eran 2 amigos que se conocían de toda la vida. Habían cumplido ya los 35 y después de haber estado en el mismo colegio, el mismo instituto, el mismo campus universitario y estar involucrados en el mismo círculo de amigos, sus vidas sin embargo eran bien distintas.

David había llevado una vida ejemplar; se licenció en la titulación conjunta de Administración y Dirección de Empresas y Derecho en la Complutense y hoy forma parte del equipo directivo de uno de los bufetes de abogados más importantes de Madrid. Se podía decir que era ‘un partidazo’ pero, sin embargo, el amor era su asignatura pendiente y es que a su edad, aún no había tenido ninguna relación seria con una mujer. Todo habían sido rollos de una noche y relaciones esporádicas con chicas que apenas conocía.

Guillermo por el contrario era lo que podíamos llamar el típico ‘enrea’, un fiestero sin remedio. Dejó la carrera a medio terminar y sus trabajos siempre habían sido temporales. Lo que ganaba se lo gastaba en salir de marcha. Trabajaba en lo primero que le salía: repartidor de pizzas, reponedor en supermercados, camarero; nunca había tenido un trabajo que le durara más de 3 meses. Sin embargo, el amor le había sonreído y compartía su vida junto a Lucía, su novia de toda la vida, a la que amaba como el primer día y la cual no llevaba muy bien su faceta fiestera, pero lo que sentía por él era superior a eso.

David solía preguntarse a sí mismo por qué él no podía tener lo mismo que Guillermo, y sentir algo de verdad por una chica por una vez en su vida. Esta situación le atormentaba cada vez más, hasta el punto en el que la sola presencia de Guillermo se le hacía insoportable, así que a pesar de tener todo lo que se pudiera comprar con dinero, no tenía una de las cosas que otorgan la verdadera felicidad y el no saber si algún día la conseguiría le hizo hacer algo de lo que se arrepentiría el resto de su vida.

A base de mentiras y engaños David hizo creer a Guillermo que su novia lo había engañado con otro. Guillermo creía a su novia por encima de todo, pero las palabras de David eran muy importantes para él porque era su amigo de toda la vida y al final acabó creyéndose que Lucía le había engañado. Por lo que la dejó y cayó de lleno en una depresión de la que ya no saldría durante años. El fiestero perdió toda su fuerza. Ya no salía de marcha, no salía a ningún sitio. Se limitaba a estar en casa, amárgandose en sus penas.

David se sentía culpable por haber hundido a su mejor amigo en la miseria, pero diciéndole la verdad no conseguiría más que perderlo para siempre. Ante esta difícil situación prefirió desaparecer. Pidió un traslado en su trabajo y lo enviaron a Barcelona. Prefirió cambiar de vida y de ambiente ante lo que le había hecho a Guillermo. Le había fallado a una de las personas más importantes de su vida y ahora no le quedaba nada, sólo su trabajo y su sueldazo. Su envidia no le había jodido sólo su propia vida, sino también la de su amigo.

Juan Manuel Regalado Hens

Lujuria


Eran las cinco y media de la madrugada de un miércoles lluvioso. A Lucía le gustaba salir entre semana, porque había menos gente y se podía hablar mejor. Además, la lluvia hacía que las calles se vaciaran como por arte de magia. Se veía que la mayoría de la gente ya tenía lo que buscaba en casa. De pronto se sintió sola. El hombre con el que había estado hablando toda la noche volvió del baño y se fue directo a pedirle otra copa. Creía que necesitaba alcohol para convencerla. Era menor que ella, pero le daba igual. Tres años tampoco son tantos.

Lucía era fetichista de los ojos. No podía dejar de mirar las pupilas de aquel desconocido que trataba de conquistarla con una retahíla de temas irrelevantes. De todas formas, no pensaba llamarlo al día siguiente. Sus labios se volvían más rojos por momentos según Lucía; conforme aumentaba su deseo el chico se iba moldeando a su gusto. Era rubio, lo cual no le gustaba mucho, pero haría un esfuerzo. La tomó de la mano y el calor recorrió todo su brazo hasta el cuello, para bajar luego. Se acercó a su oído para hablarle aunque era totalmente innecesario, y ella se dejó hacer. Se alejaba de vez en cuando para poder mirarle a los ojos: dos profundo océanos oscuros apenas distinguibles con las luces de colores. Intentaba a toda costa retener esa imagen en su cerebro, para no olvidarlo cuando el nombre de aquel hombre se hubiera perdido de su memoria. Era otro par de ojos, otro reflejo de un alma desconocida, para su álbum personal de sueños.

Les distrajo el amigo, que ya se iba. Lucía aprovechó para mirarle el culo a su acompañante, porque no lo iba a hacer todo con los ojos y no quería llevarse sorpresas. Pasado el test, pidió un par de chupitos de tequila, limón y sal. Tuvo que ser ella quien rompiera el hielo, como solía sucederle, y al último chupito lo siguió un lametón en el cuello y un bocado en un par de labios ya más rojos que el fuego.

El piso del chico era pequeño y estaba desordenado. De todas formas, no pensaba quedarse a desayunar. Memorizadas las pupilas y olvidado todo lo dicho unas horas antes, Lucía se entregó a una imperiosa necesidad carnal que aquel desconocido, por más empeño que le puso, no logró saciar completamente. Tenía que haberse ido a por el amigo. Y allí estaba de nuevo, una madrugada más: desnuda sobre la cama de cualquiera, despeinada, insatisfecha y palpitante. Se había acostumbrado tanto a la frustración que apenas le preocupaba. No esperó a que el muchacho despertara. Aunque para otra vez ya lo sabía: el amor no tiene edad, el sexo sí.

Como le había pillado el amanecer, decidió coger el autobús. El 15 estaba esperándola con las puertas abiertas, y se sintió afortunada por esa minucia. La experiencia le había enseñado que la vida se disfruta más si uno se conforma con poco, aunque le costaba un poco seguir el lema. Nada más subir se encontró de golpe con una monja. Era joven, no debía tener más de treinta. Cabizbaja y discreta, de vez en cuando alzaba la vista para contemplar a Lucía. Ésta se dio cuenta y miró al retrovisor: despeinada, con ojeras y, aunque la monja no lo viera, intuía que se había dado cuenta de que llevaba la ropa interior en el bolso. Sin duda no era ésa la entrada triunfal de una ninfa libertina, más bien la patética imagen de una mujer incansable. Se sintió avergonzada y agachó la cabeza, intentando arreglarse un poco la falda. Esa mujer que la miraba era capaz de vivir para una sola creencia, y ella no era capaz de creer en sí misma. Mientras la monja vivía para los demás, ella se aprovechaba de los hombres para confirmar una y otra vez su incapacidad de amar. Se dio cuenta de lo ruin que era, y bajó en la siguiente parada conteniendo el llanto.

Por su parte, Sor Ángela no hacía más que preguntarse de dónde vendría esa extraña mujer. Cuántas horas llevaba fuera de su casa. Con cuántos hombres habría estado en toda su vida. Qué recovecos del infierno le quedaban por explorar. Hasta dónde sería capaz de llegar en su lujuriosa forma de vida. Se mordió el labio e intentó rezar, pero en su mente no dejaban de pasar una y otra vez la imagen de esa falda descolocada y ese escote que insinuaba la forma, pero dejaba clara la intención. Bajó rápido del autobús y se metió en el servicio de una cafetería a toda prisa. Allí se apretó el silicio, conteniendo la respiración para ahogar un grito. Se sintió aliviada cuando la sangre bajó lentamente hasta su rodilla. Se suponía que era un castigo, pero era la sensación más intensa que Dios le mandaría en toda su existencia.

Lucía y Ángela, aunque parecen muy distintas, son hermanas en su búsqueda del placer. Ambas están solas en este mundo –como todos- y sacian su sed en el arroyo más cercano –como todos.

Mª Dolores García Torres