A veces funciona, a veces no.
“Eses” líquidas, largas y sordas salpican el aula.
Él, que se ve elegante con la chaqueta de terciopelo oscura, se vuelve, la mira y fantasea que ella fantasea que él fantasea que ella fantasea. Desde la segunda fila Cata se tira de la camiseta para taparse la cadera helada y sonríe porque sabe –todos lo saben-- que “el Picassu” se compra la ropa en las taras del máximo dutti del aeropuerto y apenas se cambia los levi’s 501 tiro alto apretados cortos.
José Luis se siente satisfecho porque sigue un plan. Este curso ya les ha dictado, a velocidad de apuntes, que el mundo de Dalí tiene la consistencia de la mierda blanda, producida por la crónica irritación de colon del artista. Que el cubismo de Picasso demuestra que la gravedad no atrae a todos los cuerpos con una fuerza igual a 1132 pies por segundo por segundo, de ahí las deformaciones. Y hoy se pasa la hora con la mano en el pecho explicando que los caracteres del Greco son alargados porque el artista los imagina aún sumergidos en el líquido amniótico del útero materno. Que el caballero lleva el ojo izquierdo entornado porque efectivamente le ha entrado agüilla, que el cuello le aprieta porque apenas hay espacio para respirar, que los dedos no están alargados sino aplastados, y que con ellos apunta al corazón para decirle a su mamá que la ama. Todo homosexualidad latente, claro.
Hacia el fondo de la clase el barbilampiño Benítez aprovecha la coincidencia para entonar con la laringe apretada un embozado “Picassu mariquita!” José Luis mira el reloj, le quedan diez minutos de clase, once años para la jubilación anticipada. “No hace falta que atiple usted más la voz, Benítez, ya le cambiará si algún día le crece el vello.” Benítez se sonroja. Cata también. Estocada al corazón.
Afortunadamente, desde hace años ninguno de sus alumnos aprueba selectividad. En delegación no sospechan nada, acostumbrados como están a los comentarios desaforadoes de los de arte, fracasados precoces todos. José Luis sonríe cuando suena el timbre: quería ser el caballero de la mano en el pecho, pero con esta gente no puede, no puede.
Ricardo Navarrete Franco
