domingo, 14 de marzo de 2010

Niños


Juegos bajo la lluvia, saltos entre los charcos, risas entrecortadas.
Bajo un paraguas roto se cuentan sus confidencias, inventan un mundo nuevo donde solo existen ellos, donde ningún mayor puede entrar. Llamas a su puerta y te contestan con una sonrisa.
No esperan nada, lo entregan todo por un solo abrazo sin pedirte nada a cambio. Ángeles que con su batir de alas te devuelven la alegría, te hacen soñar un mundo nuevo sin odios, sin rencores ni llantos.
El paso del tiempo, los años cumplidos, los errores vividos, te nublan la vista y te endurecen el corazón.
Cerrar a veces los ojos quisiéramos y volver a recuperar la inocencia perdida. Ser niños grandes, enfrentarnos al mundo, correr por las calles, sobre la hierba, bajo los árboles, dar amor sin pedir nada a cambio y pasar desapercibidos entre la multitud ruidosa que cada día nos rodea, en una realidad que nos absorbe sin contemplación; parar un momento y pensar ¿Por qué he de vivir así?
Basta, quiero ser yo, quiero ser niño otra vez, aparcar el adulto que hay en mi tan solo por un momento y ver el mundo desde otros ojos.
Juego bajo la lluvia, salto entre los charcos, rio por cualquier cosa…….. Por fin soy niño otra vez.

Anónimo

jueves, 11 de marzo de 2010

From Heaven


Checking my e-mail, now I realize I’m dead. Never got so many mails from friends. David tells me he would like to see me in his sister’s birthday party, Ben wants to watch a movie with me, Susan wanna tell me something she dind’t have courage to say before; my mum wonders why I kept that fucking job, I was paid so badly…And my wife, she thinks about dead and muder, she believes death penalty is not enough for them. Those terrorrists. Terrorist, what a extrange word to be pronuonced from such sweet lips.

A eternity ago, checking my mail, as usual, I should have been killed. That’s what they paid me for: the lazy tasks of deleting ads and sending randon messages to all that people I knew and I never called to. I went back to work because they tell me it was safe, and I was too lay-back to doubt, so I went in again. It was normal for me not to think what I was told, simply moving mechanically following the stream. That easy death is.

I never heard of a damned second plane, or about Al Quaeda, or about a fucking huge skyscraper with a pudding consistenciy. I only heard the explosions, and only saw the fire. The rest is the task of the world to figure out.

But here I am, or I am not, receving unlimited messages that I can answer not, and people thinking about me instead of my death. Nobody cares how I was dead, only the fact that I’m not alive. So superflous now, I think.

I wish they would write to me before, I when I still existed, though not for them.

Mª Dolores García Torres

lunes, 8 de marzo de 2010

Alejandra


Nadie, ni si quiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas. Piensa cada vez que observa a su pequeño, cosita tan frágil que ya, a sus tres años de vida, había visto y sufrido tantas cosas.
Ella siempre había sido una chica un tanto rebelde, independiente, pero también buena e inocente. Conoció a un muchacho, al parecer bueno y cariñoso, con quien, debido a la educación y tradición de la época, acabó casándose por estar embarazada.

No pasado mucho tiempo, ese muchacho fue cambiando; un demonio se había apoderado de él. No había día que no gritase, arrojase cualquier objeto al suelo o incluso se atreviese a golpearla como y con lo que fuese. Ella, mientras tanto, con un hijo a su lado y otro en su vientre, seguía a su lado, por miedo o pena, incapaz de alejarse de él. “Maldita adicción”, pensaba todo el tiempo.

Él dedicaba todo el día a no hacer nada, en casa tumbado en el sofá viendo la tele o en la calle alimentando el demonio de su interior. Ella se levantaba a las 6 de la mañana y se preparaba para pasar un día más agachada recogiendo fresas con un bebé a punto de nacer.

Así llegó su segundo hijo y la situación no cambiaba en casa. Cuantas veces dejó a sus hijos en casa de su vecina para que ellos no tuviesen que sufrir aquello; cuantas veces se marchó a casa de sus padres en busca de un refugio seguro. Hasta que un día decidió que su vida no volvería a ser esa que había tenido durante tantos años.

Reunió toda su fuerza y valor, lo abandonó, lo echó de su casa y de su vida y al fin se sintió libre, capaz de hacer lo que fuese por ella y sus hijos.

Nadie, ni si quiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas. Piensa mientras acaricia a su pequeño entre los barrotes de la cuna y observa, a su vez, a sus otros dos hijos durmiendo profundamente. Los tres milagros de su dura vida. Sonríe.

Si supieras todas las grandes cosas que conseguirás en tu vida…

Gloria Romero García

jueves, 4 de marzo de 2010

The princess and the pea


Había una vez un rico empresario que quería casarse con la mejor de las mujeres, así que organizó varias fiestas y eligió a la más perfecta de ellas: su sedoso pelo rubio caía en cascada a ambos lados de la cara, dejando ver los ojos más verdes y la boca roja y carnosa como una granada. No solo era hermosa, sino que también era dulce y sensible. Al poco tiempo, el rico empresario y la hermosa mujer se casaron y fueron felices por siempre jamás, al menos él. Aunque la mujer tenía muy buen corazón, su sensibilidad no la dejaba tolerar defectos, pero al ser tan amable y modesta, nunca hizo ningún tipo de queja a nadie aunque sufriera terriblemente al ver un cuadro torcido, un cepillo de dientes mal colocado o si el café se servía un minuto más tarde de lo deseado. Tampoco soportaba las imperfecciones físicas, por eso no pudo contratar a una sirvienta con una verruga en un brazo y apenas veía a su hermana que tenía los dientes separados. Por todo esto, le costó mucho aguantar su matrimonio con un hombre que hacía, según ella, ruido al masticar; pero como ella era consciente de su propia perfección, no se permitió una queja, ni una sola palabra. Sin embargo, y por culpa del estrés, su marido comenzó a tener un tic en el ojo, muy leve, pero ahí estaba. Cada minuto cuatro veces casi seguidas, lo había contado. Con toda la discreción y todo tipo de excusas, cada vez se encerraba más a solas o daba paseos más largos. Llegó un momento, en el que ya no sólo veía el tic o escuchaba masticar más y más fuerte, sino que ya también veía las ligeras marcas de arrugas en la frente de su marido o a notar más ásperas sus mejillas, puntualmente afeitadas cada mañana. Tan cansada estaba, que tomó una decisión. Hizo unas compras, compró ropa para ella, macarons Ladurée y vino para su servicio y pantalones, whisky y un perfume exclusivo para su marido. Al día siguiente partió para París para pasar allí unos meses, lejos de todo lo feo y tosco de su vida. París fue el remedio a todos sus males: iba de compras, salía a pasear y a ver museos y se rodeaba de la gente más exclusiva de la ciudad en sus perfectas casas, con sus perfectas vidas. Aún así, no conseguía descansar bien por las noches, porque se atormentaba con el momento de su regreso, con su marido y su tic en casa. Después de un mes, un soleado martes de primavera Rose (así se llamaba la hermosa mujer) recibió una llamada. Su marido había muerto por un shock anafiláctico, al parecer se había estado aplicando una loción entre cuyos componentes se encontraba en un pequeño porcentaje la flor del guisante, a la cual era alérgico. Rose colgó el teléfono, hizo una reserva para un vuelo a esa misma noche y se estiró en la cama. Hacía mucho tiempo que no dormía tan tranquila.

Cristina Sampedro Alonso

lunes, 22 de febrero de 2010

Alicia a través del gotelé



Alicia vivía sola. Su hija se fue de Erasmus y se quedó a vivir en Bélgica con Hans. Y del marido mejor ni hablar.

Alicia tenía bronquitis crónica y necesitaba el codeisán tres veces al día. Es verdad, el prospecto decía que podía “deteriorar la capacidad mental y/o física requerida para la realización de actividades potencialmente peligrosas,” pero ella ni conducía ni usaba maquinaria. Luego, cuando las cervicales decían aquí estoy yo, se tomaba un lexatín o un diazepam. Su médica se lo había dicho claro: si hay dolor, para eso están las pastillas; si te duele cuatro, te tomas para nivel cuatro, si duele diez, pues para nivel diez.

Alicia se volvía hacia la pared metiendo el brazo por debajo de la almohada, dejaba la vista fija en un punto y, al cabo de unos momentos, salía a flote su cocodrilo. Al principio eran sólo dos rugosidades simétricas justo al lado de la rinconera, pero a poco se convertían en dos ojos saltones que asomaban en un barrizal amarillo. Con cuidado y muy despacio movía los ojos alrededor. Veía un pantano, cestas de cocos, canoas, baúles oxidados y olas.

Era una tontería, lo sabía. El dormitorio estaba pintado color crema y tenía una gruesa capa de gotelé que se transformaba en un país de maravillas cuando aquel reptil le decía “sígueme” y se sumergía golpeando el agua turbia con la cola. Lo sabía, y aún así se sentía abrigada en su lodazal de mentira. Un día se encontró el estuche de lápices que había perdido de niña allí pegado junto a la esquina. Y el joyero de nácar. Y a su prima, convertida en estatua. Y un reloj de arena. Y el caballito de Lladró con la pata rota. Y delfines de plata.

Así se quedaba dormida.

Alicia vivía sola. Su hija se fue de Erasmus y se quedó a vivir en Bélgica con Hans. Y de su marido mejor no hablar.



Richardo Navarrete Franco

viernes, 19 de febrero de 2010

Azul


A lo lejos, sobre la arena, una figura apenas perceptible bajo la tenue luz de la luna. Estática, solo sus ojos oscuros bajo sus largas pestañas insinúan un leve movimiento, mientras su mente vuela con mil preguntas que no dejan de aletear cual colibrí hace caer su maravilloso batir de alas.

“¿Soy yo en realidad?” me observo desde fuera como si mi alma y mi cuerpo ya no estuviesen unidos pero, ¿de verdad existe el alma?

Horas, minutos, segundos……… Momentos pasados, vividos, sentidos y, sin embargo, han significado tan poco.

“¿Cuál es mi realidad?, ¿la de hoy?, ¿la de ayer?, o ¿será simplemente aquella qué ocurrirá cuando deje de existir?”

Una suave brisa mece el pelo caído sobre los hombros, sigue sentada en la arena. “El viento, donde me lleve, allí iré, a cualquier lugar”. El mar, como cielo bajado a sus pies, la llama, la atrae, le habla al rozar sus dedos: “Ven, acércate, cerca está lo que siempre has buscado”. Y sin más, dirigió sus pasos hacia donde ella pensaba que encontraría su felicidad.

Miré hacia arriba, y allí estaba, era ella, la Luna Azul, que aún apenas perceptible y dirigiéndome una sonrisa, hablaba. “¿Te das cuenta? Nada es imposible”. Volví la cabeza y en ese momento me di cuenta: Yo ya no estaba, la figura que durante horas había permanecido quieta sobre la arena, había desaparecido.

Anónimo

jueves, 28 de enero de 2010

Tuesday


Tarareando una vieja canción, Pierre andaba impaciente de un lado a otro en espera de algún compañero. Había oído algo por ahí, rumores en el pueblo. La fresca hierba de una cercana primavera crujía bajo sus botas nuevas, llenas ya de barro. Se miró las manos, la manga de la camisa le quedaba algo grande. Su padre y sus hermanos le habían contado historias, historias fantásticas, llenas de aventuras y peligro, y honor al final. De ellos no se podía esperar menos. Peligro, ahora estaba solo. Al principio era excitante, pero por las noches tenía que confesarse a sí mismo que tenía algo de miedo. Tuesday’s child is full of grace. La dulce voz de su madre sonaba en su oído y sus labios la seguían en voz baja, entonces el miedo se iba y se aferraba a su mosquete, impaciente por poder usarlo. Respiraba hondamente y se prometía que sería el mejor entre sus compañeros, que volvería a casa lleno de honores, y con el orgullo del deber cumplido. Todo era entonces como un juego. Qué mezquino.

El sol de primavera brillaba con toda su fuerza, las flores silvestres florecían por todos los caminos, e incluso se podía ver a algún niño escondido por los campos. El buen tiempo traía aires de las mimosas del sur. Pero Pierre apenas se daba cuenta de la primavera a su alrededor. Entre sus compañeros, los gritos y las órdenes les acompañaban hasta la muralla exterior que rodeaba al pueblo. “¡Tú! ¡Ponte con estos cinco y terminad rápido!” Esta era su prueba, lo había imaginado millones de veces desde que quiso ser soldado. Pero ahora el sudor recorría su frente y las piernas le temblaban. El mosquete apretaba contra su hombro. Cerró uno de sus ojos. “¡Devolvednos a los reyes!” “¡Fuego!” Entre los gritos de aquellos condenados y los de su superior, Pierre solo pudo o quiso oír de nuevo la voz de su madre, que extrañamente ahora le sonaba un tanto irónica: Tuesday’s child are full of grace…

Cristina Sampedro Alonso