miércoles, 21 de octubre de 2009

The Hoary Hair Child

“...And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.”
Dylan Thomas


“Age?”, the old policeman asked to Johnny. He loved to be called Johnny, not John or daddy, as one of those bad women used to called him. “I cannot actually recall, but I think I am six years old, mister” answered him, very anxiuos. He had never been in a police station. “ address, Mr...?” “Johnny”. “As I told you, my name is Johnny and I wanna go home, please, Mr policeman. “Mr Johnn, do you have an address?”. “of course I have. I live at home. The old policeman could not help smiling. “o.k. and where is home?”. “somewhere near. If you just let me go, I would go home. Mum must be worried.She has some sweets for me” he said standing up, trying to leave. The policeman held his shoulders and tried to calm him down. He was about to cry. “my mother is waiting for me... Ah! I do remember it. I am John and I wanna go home”. “Mr John, I’ll make a phone call and you must stay here and wait for me, understood?” he nodded, sobbing and looked around the little office. Suddlenly he felt something hot and wet. “Ow!” he muttered looking down to the pool of yellow liquid on his feet and trousers. The officer looked at him and put the phone down. “O.k Mr John, somebody is coming to pick you up. John smiled as a way of thanking him for what he had done, and pointed out the yellow pool. “I could not help it, sorry sir”...

That night, at home, when one of the evil witches, as he called them, was putting on him his pyjamas, he told her about his great adventure that evening. “...and the man with the blue suit, called somebody who came there and brought me home”. His daughter smiled. “really?” she asked. “it sounds amazing, dad”. Then his mood changed: “but what can you know, stupid?. Leave me alone, you are a dirty bitch. But do not think that i do not know what you are planning. You wanna kill me..but i’ll kill you all before, one night...you will see...”
She was so tired of everything...”good night, dad” she said while switching off the light. It was the same for her every day, since that dreadful moment in when the doctor said “it is Alzheimer”. From that day on, her life had changed completely. Every day his mind became childish, and childish...while his daughter grew older and older every minute she spent beside him. Two victims, two hearts, two lives..the devil must be wrapping up his hands. She was an old lady of twenty five years old, and he was a little child of sixty three.Charming Johnny, hoary hair, that sucked away his daughter’s youth as it was one of those sweets he was always talking about.




María Suárez Alonso

jueves, 10 de septiembre de 2009

Amarillo


6 de enero de 2009

Por favor, por favor…- la súplica rasgaba su garganta. Le temblaba el labio inferior, las lágrimas y el sudor bajaban por su cara y se reunían en su boca ensangrentada.

¿Dónde está? – repitió una voz seca, de leve acento ruso que salía de la oscuridad. Olía a oxido y orina.

Ya…lo he…dicho… - contestó como pudo entre sollozos - ¡Lo di! ¡Lo di entero! – apenas le salía un ahogado grito

¿Señor? – respondió un hombre alto de voz grave a una señal de la oscuridad.

No muy fuerte. Le necesito vivo y bien despierto-. Pero, a veces, la fuerza se va de las manos y Nicolás cayó al suelo. No volvería a levantarse. Olía a sudor y sangre.



4 de noviembre de 2008


Un vaso de vodka y un bocadillo de queso azul y salmón barato descansaban en una mesa de madera verde.

Esta es nuestra noche, Michenka. Un tipo de camiseta blanca y áspera barba de tres días se sentó en frente de la televisión y se llevó el bocadillo a la boca. Unas migas cayeron en sus piernas mientras miraba las saltarinas bolas amarillas de la lotería rusa. La más cuantiosa de su historia.

Cayeron las bolas:

24 5 12 7 8 17 4

Michenka lamió dulcemente la mano de un Nicolás desmayado, en la que sostenía un boleto de idénticas cifras.

Cristina Sampedro Alonso

domingo, 30 de agosto de 2009

Vida en morado


A Lucía hoy le han echado la bronca en el trabajo. No le ha pasado muchas veces, por eso le fastidia tanto que su jefe le llame la atención por algo tan tonto como el color de sus uñas. Ningún cliente se ha quejado de que le atendiera una mujer con las uñas pintadas de morado. De hecho, a ella le pareció muy buena idea usar ese color porque era bastante original y eso era precisamente lo que su vida necesita ahora mismo: aire fresco. Le cabrea un poco demasiado el tema.

Va en el bus mirándose las uñas y pensando en sí misma. En cómo ella tampoco tiene un tono que los demás entiendan demasiado bien. Pensaba que era absolutamente transparente hasta que de pronto un día Guillermo, el hombre de su vida, le miró a los ojos y le dijo que no le creía, y la dejó. Si él, para el que había abierto todo su ser, no la comprendía ni la conocía, entonces ella era poco más que un fantasma. Una sombra oscura que se mueve de noche y pasa difusa por camas de extraños en las madrugadas. La mujer que lloró un día entero después de que la mirara una monja. Lucía aparta la vista de sus uñas y escudriña por la ventanilla.

Allí, en el semáforo, parado dentro de un BMW negro, un hombre engominado lleva una corbata morada. Parece perfectamente normal y respetable, y sin embargo Lucía no para de imaginárselo embutido en un traje de lentejuelas morado. Zapatos de tacón alto y peluca extravagante, escapa de los cánones en un club nocturno cada tres semanas exactamente. El morado es la última faceta visible para el ojo humano en la descomposición de la luz. Es lo más oscuro antes de la ausencia del color. Y sin embargo, Lucía lo ve todo más claro cuando piensa en morado.

Esa tarde visita a su abuela y le cuenta su problema. Duda si recordará cómo es el color morado, porque la pobre está ciega. La vieja sonríe y le cuenta una anécdota parecida de su juventud. Se saltó el luto de un tío suyo por estrenar un vestido que había estado cosiéndose durante semanas. Era un vestido morado. La inocente no tenía culpa de que su tío hubiera elegido una fecha tan inconveniente para morirse. Le obligaron a teñirlo de negro, después de darle un par de tortazos. Esta tarde su nieta la lleva de paseo por el parque, con una pañoleta morada sobre los hombros.

Al día siguiente Lucía va al trabajo completamente vestida de morado, uñas incluidas. Al jefe parece que sólo le molesta el detalle del color de sus cutículas. Lucía le dice lo que piensa sin más, porque no ve nada malo en ninguno de sus pensamientos, pero la despiden igualmente. Se sienta en un banco y mira a través de la ventana a sus compañeros. Enclaustrados con la barbilla pegada al cuello, todos visten de gris, negro y blanco. Ninguno parece pararse a pensar sobre nada en ningún momento, no puede imaginarse a ninguno teniendo una vida secreta. Como peces en una pecera, con una memoria limitada que les hace olvidarse de ellos mismos cada dos por tres. Lucía ya lo comprende todo.

Se mira la uñas un buen rato y se marcha a casa, feliz por haberse encontrado.

Mª Dolores García Torres

miércoles, 12 de agosto de 2009

Verde


Ya no podía ni respirar. Asomaba el cuerpo entero por la ventana para coger aire, pero solo conseguía notar su peso agolpándose fuera del marco.
Cada vez que cogía un cuchillo lo imaginaba clavándose encima de su vientre, justo el centro de su cuerpo. Y lo hizo. Lo hizo para liberar el dolor, para estar al otro lado y tener otra visión desde allí. Para querer estar a este lado.
Dejó el vinilo encendido al salir, quería que la música siguiera sonando después de que ella se hubiera ido.
Desde la ventanilla del avión miró el paisaje de su refugio, nunca había visto nada tan verde.

Reyes Ferrer Astillero

domingo, 2 de agosto de 2009

Las gafas rosas


¡Cuánto duele perder algo que se sabe perdido desde hace mucho tiempo!, ¿por qué duele tanto esta situación?...Porque ya no tengo nada.

Cuando entró en el avión las lágrimas bañaban su cara, enfriándola. Quería sonreírle para que fuese esa su última imagen. No quería ser recordada con la cara húmeda y los ojos manchados de rimel. Esbozó una sonrisa para él. Tenía ganas de correr fuera, de saltar de ese estúpido avión que los separaba. Él le decía adiós con las manos. Se veía tan ridículo. Volvió a sonreír. Por fin se sentó en su asiento. Sabía que él seguía allí de pie, en el mismo sitio en el que ante se habían besado. Donde intentó no llorar mientras le decía que todo iría bien... Mentirosa. “Nos veremos de nuevo”, habían prometido ambos. “Te esperaré el sábado, y el Domingo, pero no vengas el lunes, ya no estaré”, bromeó. Aún podía sentir el tirón que dio a su chaqueta para acercarla a él. Cómo la cogió de la mano. Volvió a sentir algunas lágrimas traidoras caer por su rostro. “Pronto” le había susurrado él.
Un niño pequeño se sentó a su lado. Estaba llorando, nervioso. De repente dejó de llorar y la miró curioso. Ella se sacó sus gafas de sol y se las puso al niño. Eran de color rosa, muy llamativas. Después sacó de su bolso un espejo y se lo ofreció para que se viese. “Estoy guapo” dijo el niño. Ella miró por la ventanilla de nuevo, pero él ya no estaba. Cuando volvió la cabeza vio que el chico le devolvía las gafas. “Creo que son mágicas, toma”. Se puso las gafas e intentó dormir. De repente se sintió bien, tranquila y cansada. Quizás sí que eran mágicas después de todo...Se estaba quedando dormida, cada vez oía las voces más lejanas, pero antes de caer rendida, sintió un calorcillo en su oído: “pronto”. Sí, todo irá bien, dijo en voz alta. “Claro” dijo el niño, “mi padre es el piloto”, pero ella no lo oyó. El niño sonrió al ver como en su cara aparecía una sonrisa. “Ya sabía yo que esas gafas eran mágicas”.

María Suárez Alonso

lunes, 27 de julio de 2009

Vida en el pueblo fantasma

Rangel es un pueblo pequeño de la provincia de Salta al borde de la extinción. De hecho, ya no vivía nadie allí cuando el padre de Consuelo compró un terrenito y adecentó una choza allí para criar ganado. Alzó una enorme torre con un bidón para el agua de gran capacidad, cuya verticalidad desafiaba descaradamente la humilde planta de una capilla blanca. Ésa había sido hasta entonces la única construcción fuerte de aquel paraje. Se veía desde la carretera de arena que atravesaba el poblado, y que se encontraba en bastante buen estado para el uso que se hacía de ella. Con ella sólo se mudaron allí un hombre más, amigo de su padre -medio loco y maleante nato- que ayudaría con el cuidado de las vacas; y una mujer extranjera cuya función era asistir a Consuelo en todo lo que necesitase, y asegurarse de que ésta no tenía contacto con nadie del exterior. El padre de Consuelo temía especialmente que el padre de la criatura que ella llevaba en su vientre viniera a reclamarle nada. Consuelo no protestaba, aunque echaba de menos la gran Salta en la que había nacido. Al menos le habían permitido traerse a Chocolate, su perro de aguas juguetón.
No había mucho que hacer en aquella llanura calurosa plagada de casas de barro. Consuelo miraba con pena el lejano horizonte en el que se acababa el tendido eléctrico, y que simbolizaba el fin de la civilización para ella. Un cerro en forma de cono delimitaba claramente su libertad. Por las tardes, cuando el calor daba una tregua, la chica solía sentarse en un enorme árbol junto a una placa maltrecha que coronaba la única plaza del pueblo: Plazoleta Padre Leopoldo Lench. Así pasaban las tardes. Las noches leyendo en la puerta a la claridad de una bombilla pelada no eran mucho más emocionantes que eso.
Una noche que su carabina se acostó temprano por el ataque de la jaqueca, Consuelo leyó hasta que sus ojos se le cansaron, y acabó dormitando sobre la silla. La despertó Chocolate, que ladraba a la oscuridad con miedo. El perro se calló de pronto, y se acurrucó bajo sus piernas. La chica sintió que el cielo se aclaraba levemente, como si el sol hubiera dado un diminuto paso al frente. La claridad tenía la misma intensidad en todo el horizonte, y al instante todo volvió al tono oscuro habitual. Oyó unos pasos y no quiso moverse, paralizada por el miedo. Pero era Juan, el amigo de su padre, que venía con las pupilas dilatadas y hablando estupideces propias del borracho que era. Le repitió varias veces que le picaba la mano, que hacía calor, ahora frío, y le picaba. Tras un desgarrado grito de “apaga la luz” se calmó de pronto, y se perdió de nuevo en la penumbra, dirección a su cabaña. Consuelo se fue a la cama en seguida.
Al día siguiente encontraron una vaca muerta. Le faltaban partes de su cuerpo. Un veterinario vino de Salta sólo para examinarla, aunque a Consuelo no le parecía que una res devorada por los coyotes fuera para tanto. Se acercó a él antes de que se marchara y le ofreció un café. Echaba de menos la gente, las conversaciones y, no sabía cómo explicarlo, pero aquel hombre olía a ciudad. Se mostró taciturno, y al final confesó a Consuelo que no pensaba que hubiera una bestia detrás de aquella muerte. Al animal le faltaban los órganos reproductores, un ojo, el recto y varios dientes. Las extracciones eran limpias, obra del mejor cirujano, y sin resto alguno de putrefacción a pesar del calor. “Los buitres no se han acercado al cadáver –apuntilló, aún preocupado- y la postura del cadáver era extraña. Decúbito ventral con la cabeza hacia el norte… parece que signifique algo. Creería que es obra de una secta… si no fuera porque no hay una sola mancha de sangre o marca en el animal de antes o después de su fallecimiento. Han tenido que hacerlo con muchísimo cuidado”. El corazón de Consuelo dio un vuelco de pronto: “Gente”, pensó.
A la semana siguiente, ya olvidado aquel incidente, Consuelo se fue a dar un paseo con Chocolate para estirar un poco las piernas. El bebé empezaba a pesarle y tenía los tobillos hinchados del sobrepeso. El perro, que corría en círculos a su alrededor, se frenó de golpe y se sentó a su lado. Lo llamó varias veces, pero no le hizo el más mínimo caso. Tenía la mirada fija en un arbusto, y tras varios minutos se dio la vuelta sin más y se marchó. Consuelo estuvo a punto de imitarle, pero la curiosidad le obligó a escudriñar lo que había detrás. Encontró un carnerito tumbado boca abajo y casi seco, las piernas estiradas de forma antinatural hacia ella. De la cuenca izquierda vacía le salía un extraño hilo de una mucosidad verde que no desprendía ningún tipo de olor. Tampoco el cadáver olía a nada. Ninguna mosca lo sobrevolaba. En su cara la expresión paralizada de una muerte repentina, media quijada arrancada de un seco corte quirúrgico. Miró a ambos lados: ni marcas de neumáticos, ni hierba aplastada salvo por la que yacía bajo el cuerpo y sus propios pies.
Al día siguiente el padre y su amigo se marcharon a toda prisa a intentar contactar con el veterinario, al que no conseguían localizar. Le dieron unas cuantas instrucciones para mantener el ganado vivo en caso de que tardaran más de lo previsto en volver. Consuelo sospechaba que no era el veterinario a quien iban a buscar, pero memorizó las órdenes y se las explicó como pudo a la asistenta, que apenas hablaba castellano. Durante los tres días que su padre se ausentó no sucedió nada extraño, salvo algunos cortes de luz intermitentes a altas horas de la madrugada, que achacaron a la vieja instalación eléctrica. El último día que estuvieron solas las vacas se sentían más de lo normal también, se quejaban con largos bufidos a pesar de recibir la comida suficiente y de tener un sistema de abastecimiento de agua automático. El calor y la falta de movilidad las irritaba. Cuando su padre volvió, les contó las habladurías del pueblo sobre Rangel: todos creían que había una secta escondida en la llanura, y que sacrificaban a los animales como parte de un rito satánico. El veterinario confirmó que era posible que eso fuera cierto, aunque un extraño caso similar había sucedido en una finca a más de doscientos kilómetros del pueblo. Nadie se atrevió a dar una segunda explicación.
Mientras su padre le contaba esto, el viejo borracho gritaba enfurecido de vuelta de los corrales. Le dedicó varias expresiones malsonantes, y el padre de Consuelo tuvo que intervenir. “¡Esta cría y la forastera han jodido la marrana! No se enteran de nada y por su culpa hemos perdido un montón de ganado. ¿A quién se le ocurre no revisar los bebederos? El motor se ha roto o las tuberías están embotadas y no ha salido una sola gota de agua en tres días. ¡Estas pendejas nos estaban matando el ganado de sed!”. Sin embargo, el motor y las tuberías estaban perfectamente. Quince metros de escalera más tarde el padre de Consuelo miraba con estupor a un depósito completamente vacío. Sin fugas de agua ni ninguna marca de humedad que diera pista alguna sobre a dónde habían ido a parar los diez mil litros que contenía.
El rumor se extendió como la pólvora a pesar de lo recóndito del lugar, y pronto los curiosos empezaron a merodear por la finca de noche. Todos esperaban encontrarse con un animal muerto, una luz celestial o una cabeza de globo saludando en son de paz. El padre de Consuelo tuvo que cercar sus terrenos y añadir alambre de espino a las vallas para evitar intromisiones. Mientras tanto, ningún animal más amaneció seco o diseccionado.
Parecía que todo había vuelto a la normalidad, y ya cada vez menos curiosos pasaban la noche al otro lado de la alambrada con la vista puesta en el cielo. Consuelo volvió a leer al fresco por las noches. Hasta que un día, la bombilla parpadeó sobre su cabeza, y amaneció levemente. Chocolate levantó la cabeza inexpresivo, y la volvió a agachar antes de entrar en la casa, en silencio. Esta vez no sólo percibió un ligero cambio en el ambiente, sino que ante sus ojos se topó con una masa de luz azulada que le impedía ver claramente el mecanismo que se hallaba detrás del foco. A la gente de detrás del vallado también le llegó el haz de luz, pero sólo la chica contempló la rampa metálica que descendía bajo la esfera luminosa. Se sintió muy cansada de pronto y se durmió. La gente, que había esperado meses algo semejante, asaltó la finca y corrió desesperada. Algunos no fueron tan valientes a la hora de la verdad, y permanecieron en sus coches petrificados.
Cuando la muchedumbre llegó a la puerta de la casa, la luz hacía rato que había desaparecido. Adentrándose unos doscientos metros en la espesa negrura encontraron a Consuelo, embarazada como antes y sin signos de haber sufrido ningún daño. Los periódicos hablaron de histeria colectiva. Decenas de psicólogos se afanaron en escribir artículos y conceder entrevistas para aclarar este fenómeno sociológico desde una perspectiva racional, aunque ninguno negaba el factor misteriosos de los sucesos anteriores a la “abducción”. A Consuelo la examinaron más de treinta médicos, un mes de pruebas demostraron que, si había existido tal abducción, los visitantes se habían asustado ante la avalancha de gente y habían decidido abortar el experimento. Dios sabría qué pretendían hacer con la joven.
Un mes y medio después Consuelo dio a luz. Una diminuta cicatriz en la nuca de su hijo avisaba de una micro-intervención realizada al bebé. Sólo hacía dos horas que había salido de su útero cuando lo descubrió. Sin embargo, aquella marca se mimetizaba con la piel a la perfección, como si se hubiera hecho antes de su nacimiento.

Diez años más tarde, la fase 2 del experimento comenzó. Todos los periódicos hablaron de la noticia en sus primeras páginas, aunque con el tiempo las autoridades lo disfrazaron de bulo y el rumor acabó muriendo. Un niño fue hallado totalmente desatendido en un apartamento en la planta alta de un gran edificio en Salta. La madre llevaba varios días muerta, la sangre seca en sus lagrimales y nariz indicaban algún tipo de daño cerebral inexplicable. El pequeño lloraba a lágrima viva, y al compás de su llanto estallaban copas, platos y demás objetos. Un miembro del equipo de bomberos casi muere del mismo modo que la madre, de no ser por la intervención de una vecina que conocía al niño y logró calmarlo. Carlitos, ése era su nombre, fue llevado a un centro de acogida, en el que aún se registran sucesos extraordinarios de vez en cuando.
Mª Dolores García Torres

sábado, 18 de julio de 2009

Entrevista con el Penumbra

Me citó en el parque junto al estanque de los patos y lo reconocí al momento. Llevaba el pelo teñido y la cara sureña del frutero de supersol. Intenté no mirarle la mancha roja de la frente la ni la capa, la capa de seda verde manzana recogida en el respaldo del banco. Con los nervios me equivoqué de nombre. “¿Carlos Jesús?” medio le pregunté, quedándome a un metro de él. “No,” me contestó sin ofenderse nada. “Ese es de Dos Hermanas. Jesús, de Río Tinto. Encantado. Veo que ha recibido mi video.”

A los cinco minutos estaba hablando y gesticulando ya sin parar. Yo asentía con la cabeza y miraba a todo el que pasaba. Decía que tenía que verme porque sabía lo del Picalagartos. Que mucho cuidado con esa que siempre llegaba tarde, porque era lémur. Que el meteorito que impactó contra el golfo de México no acabó con los dinosaurios. Que Iker Jiménez nos engañaba por dinero comercial, que le había robado incluso. Que en verdad no descendemos de monos lemures, que esos son los otros, que vinieron luego en blancas naves paloma (13 millones). Que “mosotros” veníamos de los originarios habitantes de la tierra. Que durante milenios de años. Que los que juegan al backgammon eran guardianes. Que del techo cuelga el lagarto, como señal.

Como no le estaba prestando suficiente atención, las palabras y los gestos no parecían sincronizados. De reojo veía que dibujaba en el aire una especie de hongo nuclear y abanicaba los dedos al subir las manos: el meteorito. La mirada congelada y expectante: que durante milenios. El codo elevado sobre la cabeza, el índice y el pulgar hacia abajo: el lagarto de madera suspendido al lado de la escalera del Picalagartos. Un empujón al pecho, flojito: guerra. Otro empujón, más fuerte (doliendo un poco): lemures contra lagartos.

En el banco de enfrente un señor mayor con gafas de pera, el mentón ligeramente alzado, miraba a una pata con el cuello pelado que huía despavorida. Sentado junto a él, un jovencito entusiasmado con su PSP se sacudía la mano lasciva que le colgaba del hombro al tiempo que gritaba: “tengo poderes, tengo poderes.” Dos parejas pedaleaban hacia el sur en un ciclotour de cuatro. Las chicas atrás, una, un poco inclinada en su asiento, se asomaba descaradamente adelante; la otra, con bozo familiar, advertía al conductor: “David, que está prohibido circular por las zonas no asfaltadas.” ¡Hostis, a esa sí que la conocía! ¡Era la monja del 15! Déjà vu. El cielo parpadeó y volvió a pasar el ciclotour. Como en Matrix.

Cuando volviera iba a enterarse Rafael. “Niño, niño,” me había dicho entrando con su prisa cotidiana. “Han dejado este papel para ti. Se han equivocado de despacho.” Era una tarjeta de esas gratis de los bares que ponía: A Navarrete, profesor de 4º C. Pinche aquí: <http://www.youtube.com/watch?v=HooViMyrpl4>.

Ricardo Navarrete Franco