domingo, 2 de agosto de 2009

Las gafas rosas


¡Cuánto duele perder algo que se sabe perdido desde hace mucho tiempo!, ¿por qué duele tanto esta situación?...Porque ya no tengo nada.

Cuando entró en el avión las lágrimas bañaban su cara, enfriándola. Quería sonreírle para que fuese esa su última imagen. No quería ser recordada con la cara húmeda y los ojos manchados de rimel. Esbozó una sonrisa para él. Tenía ganas de correr fuera, de saltar de ese estúpido avión que los separaba. Él le decía adiós con las manos. Se veía tan ridículo. Volvió a sonreír. Por fin se sentó en su asiento. Sabía que él seguía allí de pie, en el mismo sitio en el que ante se habían besado. Donde intentó no llorar mientras le decía que todo iría bien... Mentirosa. “Nos veremos de nuevo”, habían prometido ambos. “Te esperaré el sábado, y el Domingo, pero no vengas el lunes, ya no estaré”, bromeó. Aún podía sentir el tirón que dio a su chaqueta para acercarla a él. Cómo la cogió de la mano. Volvió a sentir algunas lágrimas traidoras caer por su rostro. “Pronto” le había susurrado él.
Un niño pequeño se sentó a su lado. Estaba llorando, nervioso. De repente dejó de llorar y la miró curioso. Ella se sacó sus gafas de sol y se las puso al niño. Eran de color rosa, muy llamativas. Después sacó de su bolso un espejo y se lo ofreció para que se viese. “Estoy guapo” dijo el niño. Ella miró por la ventanilla de nuevo, pero él ya no estaba. Cuando volvió la cabeza vio que el chico le devolvía las gafas. “Creo que son mágicas, toma”. Se puso las gafas e intentó dormir. De repente se sintió bien, tranquila y cansada. Quizás sí que eran mágicas después de todo...Se estaba quedando dormida, cada vez oía las voces más lejanas, pero antes de caer rendida, sintió un calorcillo en su oído: “pronto”. Sí, todo irá bien, dijo en voz alta. “Claro” dijo el niño, “mi padre es el piloto”, pero ella no lo oyó. El niño sonrió al ver como en su cara aparecía una sonrisa. “Ya sabía yo que esas gafas eran mágicas”.

María Suárez Alonso

lunes, 27 de julio de 2009

Vida en el pueblo fantasma

Rangel es un pueblo pequeño de la provincia de Salta al borde de la extinción. De hecho, ya no vivía nadie allí cuando el padre de Consuelo compró un terrenito y adecentó una choza allí para criar ganado. Alzó una enorme torre con un bidón para el agua de gran capacidad, cuya verticalidad desafiaba descaradamente la humilde planta de una capilla blanca. Ésa había sido hasta entonces la única construcción fuerte de aquel paraje. Se veía desde la carretera de arena que atravesaba el poblado, y que se encontraba en bastante buen estado para el uso que se hacía de ella. Con ella sólo se mudaron allí un hombre más, amigo de su padre -medio loco y maleante nato- que ayudaría con el cuidado de las vacas; y una mujer extranjera cuya función era asistir a Consuelo en todo lo que necesitase, y asegurarse de que ésta no tenía contacto con nadie del exterior. El padre de Consuelo temía especialmente que el padre de la criatura que ella llevaba en su vientre viniera a reclamarle nada. Consuelo no protestaba, aunque echaba de menos la gran Salta en la que había nacido. Al menos le habían permitido traerse a Chocolate, su perro de aguas juguetón.
No había mucho que hacer en aquella llanura calurosa plagada de casas de barro. Consuelo miraba con pena el lejano horizonte en el que se acababa el tendido eléctrico, y que simbolizaba el fin de la civilización para ella. Un cerro en forma de cono delimitaba claramente su libertad. Por las tardes, cuando el calor daba una tregua, la chica solía sentarse en un enorme árbol junto a una placa maltrecha que coronaba la única plaza del pueblo: Plazoleta Padre Leopoldo Lench. Así pasaban las tardes. Las noches leyendo en la puerta a la claridad de una bombilla pelada no eran mucho más emocionantes que eso.
Una noche que su carabina se acostó temprano por el ataque de la jaqueca, Consuelo leyó hasta que sus ojos se le cansaron, y acabó dormitando sobre la silla. La despertó Chocolate, que ladraba a la oscuridad con miedo. El perro se calló de pronto, y se acurrucó bajo sus piernas. La chica sintió que el cielo se aclaraba levemente, como si el sol hubiera dado un diminuto paso al frente. La claridad tenía la misma intensidad en todo el horizonte, y al instante todo volvió al tono oscuro habitual. Oyó unos pasos y no quiso moverse, paralizada por el miedo. Pero era Juan, el amigo de su padre, que venía con las pupilas dilatadas y hablando estupideces propias del borracho que era. Le repitió varias veces que le picaba la mano, que hacía calor, ahora frío, y le picaba. Tras un desgarrado grito de “apaga la luz” se calmó de pronto, y se perdió de nuevo en la penumbra, dirección a su cabaña. Consuelo se fue a la cama en seguida.
Al día siguiente encontraron una vaca muerta. Le faltaban partes de su cuerpo. Un veterinario vino de Salta sólo para examinarla, aunque a Consuelo no le parecía que una res devorada por los coyotes fuera para tanto. Se acercó a él antes de que se marchara y le ofreció un café. Echaba de menos la gente, las conversaciones y, no sabía cómo explicarlo, pero aquel hombre olía a ciudad. Se mostró taciturno, y al final confesó a Consuelo que no pensaba que hubiera una bestia detrás de aquella muerte. Al animal le faltaban los órganos reproductores, un ojo, el recto y varios dientes. Las extracciones eran limpias, obra del mejor cirujano, y sin resto alguno de putrefacción a pesar del calor. “Los buitres no se han acercado al cadáver –apuntilló, aún preocupado- y la postura del cadáver era extraña. Decúbito ventral con la cabeza hacia el norte… parece que signifique algo. Creería que es obra de una secta… si no fuera porque no hay una sola mancha de sangre o marca en el animal de antes o después de su fallecimiento. Han tenido que hacerlo con muchísimo cuidado”. El corazón de Consuelo dio un vuelco de pronto: “Gente”, pensó.
A la semana siguiente, ya olvidado aquel incidente, Consuelo se fue a dar un paseo con Chocolate para estirar un poco las piernas. El bebé empezaba a pesarle y tenía los tobillos hinchados del sobrepeso. El perro, que corría en círculos a su alrededor, se frenó de golpe y se sentó a su lado. Lo llamó varias veces, pero no le hizo el más mínimo caso. Tenía la mirada fija en un arbusto, y tras varios minutos se dio la vuelta sin más y se marchó. Consuelo estuvo a punto de imitarle, pero la curiosidad le obligó a escudriñar lo que había detrás. Encontró un carnerito tumbado boca abajo y casi seco, las piernas estiradas de forma antinatural hacia ella. De la cuenca izquierda vacía le salía un extraño hilo de una mucosidad verde que no desprendía ningún tipo de olor. Tampoco el cadáver olía a nada. Ninguna mosca lo sobrevolaba. En su cara la expresión paralizada de una muerte repentina, media quijada arrancada de un seco corte quirúrgico. Miró a ambos lados: ni marcas de neumáticos, ni hierba aplastada salvo por la que yacía bajo el cuerpo y sus propios pies.
Al día siguiente el padre y su amigo se marcharon a toda prisa a intentar contactar con el veterinario, al que no conseguían localizar. Le dieron unas cuantas instrucciones para mantener el ganado vivo en caso de que tardaran más de lo previsto en volver. Consuelo sospechaba que no era el veterinario a quien iban a buscar, pero memorizó las órdenes y se las explicó como pudo a la asistenta, que apenas hablaba castellano. Durante los tres días que su padre se ausentó no sucedió nada extraño, salvo algunos cortes de luz intermitentes a altas horas de la madrugada, que achacaron a la vieja instalación eléctrica. El último día que estuvieron solas las vacas se sentían más de lo normal también, se quejaban con largos bufidos a pesar de recibir la comida suficiente y de tener un sistema de abastecimiento de agua automático. El calor y la falta de movilidad las irritaba. Cuando su padre volvió, les contó las habladurías del pueblo sobre Rangel: todos creían que había una secta escondida en la llanura, y que sacrificaban a los animales como parte de un rito satánico. El veterinario confirmó que era posible que eso fuera cierto, aunque un extraño caso similar había sucedido en una finca a más de doscientos kilómetros del pueblo. Nadie se atrevió a dar una segunda explicación.
Mientras su padre le contaba esto, el viejo borracho gritaba enfurecido de vuelta de los corrales. Le dedicó varias expresiones malsonantes, y el padre de Consuelo tuvo que intervenir. “¡Esta cría y la forastera han jodido la marrana! No se enteran de nada y por su culpa hemos perdido un montón de ganado. ¿A quién se le ocurre no revisar los bebederos? El motor se ha roto o las tuberías están embotadas y no ha salido una sola gota de agua en tres días. ¡Estas pendejas nos estaban matando el ganado de sed!”. Sin embargo, el motor y las tuberías estaban perfectamente. Quince metros de escalera más tarde el padre de Consuelo miraba con estupor a un depósito completamente vacío. Sin fugas de agua ni ninguna marca de humedad que diera pista alguna sobre a dónde habían ido a parar los diez mil litros que contenía.
El rumor se extendió como la pólvora a pesar de lo recóndito del lugar, y pronto los curiosos empezaron a merodear por la finca de noche. Todos esperaban encontrarse con un animal muerto, una luz celestial o una cabeza de globo saludando en son de paz. El padre de Consuelo tuvo que cercar sus terrenos y añadir alambre de espino a las vallas para evitar intromisiones. Mientras tanto, ningún animal más amaneció seco o diseccionado.
Parecía que todo había vuelto a la normalidad, y ya cada vez menos curiosos pasaban la noche al otro lado de la alambrada con la vista puesta en el cielo. Consuelo volvió a leer al fresco por las noches. Hasta que un día, la bombilla parpadeó sobre su cabeza, y amaneció levemente. Chocolate levantó la cabeza inexpresivo, y la volvió a agachar antes de entrar en la casa, en silencio. Esta vez no sólo percibió un ligero cambio en el ambiente, sino que ante sus ojos se topó con una masa de luz azulada que le impedía ver claramente el mecanismo que se hallaba detrás del foco. A la gente de detrás del vallado también le llegó el haz de luz, pero sólo la chica contempló la rampa metálica que descendía bajo la esfera luminosa. Se sintió muy cansada de pronto y se durmió. La gente, que había esperado meses algo semejante, asaltó la finca y corrió desesperada. Algunos no fueron tan valientes a la hora de la verdad, y permanecieron en sus coches petrificados.
Cuando la muchedumbre llegó a la puerta de la casa, la luz hacía rato que había desaparecido. Adentrándose unos doscientos metros en la espesa negrura encontraron a Consuelo, embarazada como antes y sin signos de haber sufrido ningún daño. Los periódicos hablaron de histeria colectiva. Decenas de psicólogos se afanaron en escribir artículos y conceder entrevistas para aclarar este fenómeno sociológico desde una perspectiva racional, aunque ninguno negaba el factor misteriosos de los sucesos anteriores a la “abducción”. A Consuelo la examinaron más de treinta médicos, un mes de pruebas demostraron que, si había existido tal abducción, los visitantes se habían asustado ante la avalancha de gente y habían decidido abortar el experimento. Dios sabría qué pretendían hacer con la joven.
Un mes y medio después Consuelo dio a luz. Una diminuta cicatriz en la nuca de su hijo avisaba de una micro-intervención realizada al bebé. Sólo hacía dos horas que había salido de su útero cuando lo descubrió. Sin embargo, aquella marca se mimetizaba con la piel a la perfección, como si se hubiera hecho antes de su nacimiento.

Diez años más tarde, la fase 2 del experimento comenzó. Todos los periódicos hablaron de la noticia en sus primeras páginas, aunque con el tiempo las autoridades lo disfrazaron de bulo y el rumor acabó muriendo. Un niño fue hallado totalmente desatendido en un apartamento en la planta alta de un gran edificio en Salta. La madre llevaba varios días muerta, la sangre seca en sus lagrimales y nariz indicaban algún tipo de daño cerebral inexplicable. El pequeño lloraba a lágrima viva, y al compás de su llanto estallaban copas, platos y demás objetos. Un miembro del equipo de bomberos casi muere del mismo modo que la madre, de no ser por la intervención de una vecina que conocía al niño y logró calmarlo. Carlitos, ése era su nombre, fue llevado a un centro de acogida, en el que aún se registran sucesos extraordinarios de vez en cuando.
Mª Dolores García Torres

sábado, 18 de julio de 2009

Entrevista con el Penumbra

Me citó en el parque junto al estanque de los patos y lo reconocí al momento. Llevaba el pelo teñido y la cara sureña del frutero de supersol. Intenté no mirarle la mancha roja de la frente la ni la capa, la capa de seda verde manzana recogida en el respaldo del banco. Con los nervios me equivoqué de nombre. “¿Carlos Jesús?” medio le pregunté, quedándome a un metro de él. “No,” me contestó sin ofenderse nada. “Ese es de Dos Hermanas. Jesús, de Río Tinto. Encantado. Veo que ha recibido mi video.”

A los cinco minutos estaba hablando y gesticulando ya sin parar. Yo asentía con la cabeza y miraba a todo el que pasaba. Decía que tenía que verme porque sabía lo del Picalagartos. Que mucho cuidado con esa que siempre llegaba tarde, porque era lémur. Que el meteorito que impactó contra el golfo de México no acabó con los dinosaurios. Que Iker Jiménez nos engañaba por dinero comercial, que le había robado incluso. Que en verdad no descendemos de monos lemures, que esos son los otros, que vinieron luego en blancas naves paloma (13 millones). Que “mosotros” veníamos de los originarios habitantes de la tierra. Que durante milenios de años. Que los que juegan al backgammon eran guardianes. Que del techo cuelga el lagarto, como señal.

Como no le estaba prestando suficiente atención, las palabras y los gestos no parecían sincronizados. De reojo veía que dibujaba en el aire una especie de hongo nuclear y abanicaba los dedos al subir las manos: el meteorito. La mirada congelada y expectante: que durante milenios. El codo elevado sobre la cabeza, el índice y el pulgar hacia abajo: el lagarto de madera suspendido al lado de la escalera del Picalagartos. Un empujón al pecho, flojito: guerra. Otro empujón, más fuerte (doliendo un poco): lemures contra lagartos.

En el banco de enfrente un señor mayor con gafas de pera, el mentón ligeramente alzado, miraba a una pata con el cuello pelado que huía despavorida. Sentado junto a él, un jovencito entusiasmado con su PSP se sacudía la mano lasciva que le colgaba del hombro al tiempo que gritaba: “tengo poderes, tengo poderes.” Dos parejas pedaleaban hacia el sur en un ciclotour de cuatro. Las chicas atrás, una, un poco inclinada en su asiento, se asomaba descaradamente adelante; la otra, con bozo familiar, advertía al conductor: “David, que está prohibido circular por las zonas no asfaltadas.” ¡Hostis, a esa sí que la conocía! ¡Era la monja del 15! Déjà vu. El cielo parpadeó y volvió a pasar el ciclotour. Como en Matrix.

Cuando volviera iba a enterarse Rafael. “Niño, niño,” me había dicho entrando con su prisa cotidiana. “Han dejado este papel para ti. Se han equivocado de despacho.” Era una tarjeta de esas gratis de los bares que ponía: A Navarrete, profesor de 4º C. Pinche aquí: <http://www.youtube.com/watch?v=HooViMyrpl4>.

Ricardo Navarrete Franco

domingo, 28 de junio de 2009

Ira


Llevaba toda la noche temblando y el calor en su frente y nuca nublaba todos sus pensamientos. No hubiese cambiado ese confuso sentimiento por nada en el mundo. Era mejor que ir a 200 kilómetros por hora, que arrojarse de un avión sin paracaídas, que golpear a alguien que odias, mejor que el mejor beso del mundo, mejor que un orgasmo, mejor que mentir, que matar. Era ese sentimiento al que todos tememos y amamos a la vez. La ira, que nos descontrola, hace que nos vaya el corazón a mil, que dejemos ese rastro de humanidad que aún nos queda para convertirnos en auténticos animales salvajes...

Le encantaba sentirse así. Sentir ira y reprimirla una y otra vez, una y otra vez, hasta que ya no podía más. Hasta que debía estallar.

Tenía sangre en las manos y en la boca. Su camiseta estaba rota y sus ojos llenos de lagrimas. Cuando le daban esos ataques no recordaba bien lo que hacía, pero si que recordaba ese bendita sensación. Era como la droga, pero mejor.

Se levanto con gran esfuerzo y cojeando llego hasta el baño. Metió la cabeza bajo el grifo y después se lavó las manos. Le dolía todo el cuerpo ¡si solo pudiese recordar que había pasado!. Su acercó a la cocina y bebió un poco de leche del brick. Abrió el periódico del día anterior y encendió la televisión. Se sentía muy solo. Pero sabía que era mejor así, no quería que nadie se preocupase por el. Era, como solía decir “un perro solitario que se lamía sus propias heridas”. Había decepcionado a todos los que esperaban algo de el, eligió el mal camino. Lo peor no era que no fuese lo que los demás querían que fuese, sino que tampoco era lo que el quería ser. Era un monstruo, un mentiroso, un ladrón. Era tan duro mirarse al espejo y no reconocerse en el...

Se encendió un cigarrillo mientras se rascaba la barba de varios días.

Algo había pasado. Dio volumen a la televisión ...”el cuerpo del joven fue encontrado al lado de unos contenedores cercanos a una discoteca” alguien había muerto ...”el cadáver presentaba numerosos golpes y hematomas...” apagó el cigarrillo y se puso una camisa limpia. Tenía una gran sonrisa en la cara. “ya recuerdo qué hice anoche”.

María Suárez Alonso

martes, 26 de mayo de 2009

Máquinas de guerra

Nuestras vidas habían cambiado radicalmente desde que, estando en 6º curso de excursión con el colegio, nos desviamos del resto de la clase atraídos por la curiosidad que nos produjo una misteriosa cueva que encontramos en medio del bosque. Éramos 5, los 5 inseparables de la clase: Javi, Mónica, Ana, Alberto y yo. Uno no hacía nada sin los otros 4, formábamos un pack indivisible.

La entrada de la cueva estaba casi tapada por completo por las ramas de un sauce llorón que crecía justo al lado, por lo que Alberto, que era el más alto, sujetó el espeso ramaje mientras los demás pasamos agachados por debajo. Pocos pasos después de entrar en la cueva apenas se veía nada, menos mal que íbamos provistos de varias linternas que un rato antes nos dieron los profesores. El interior de la cueva estaba muy húmedo, el musgo crecía por todas partes y un goteo constante hacía las veces de hilo musical.

Seguimos avanzando hasta una zona donde empezaban a aparecer multitud de estalagtitas y estalagmitas, algunas de ellas fundidas ya en auténticas columnas. Por esta zona nos fue mucho más difícil pasar y algunos de nosotros necesitamos la ayuda de los más habilidosos para atravesarla. La siguiente zona de la cueva fue la que más nos impactó y en la cual viviríamos algo que nos marcaría para siempre: Se trataba de una sala inmensa cuyas paredes estaban llenas de pinturas. En ellas se representaba de forma muy esquemática unos hombres cazando lo que parecían una especie elefantes gigantes con unos colmillos exageradamente grandes. Eran pinturas rupestres que a simple vista no parecían tener nada extraño, pero cuando nos detuvimos a observarlas vimos las figuras de lo que parecían ser hombres volando sin más ayuda que la de sus propios cuerpos. En otra parte de la pared había dibujado otro hombre del que parecía salirle fuego de las manos, y como esas había una gran serie de pinturas que representaban fenómenos extraños. Las pinturas se repartían a lo largo y ancho de las paredes de aquella sala rocosa. Finalmente lo que acabaría atrayendo toda nuestra atención sería un lago que se situaba al fondo y donde terminaba la cueva.

Por lo que decidimos darnos un baño, ya que el calor era sofocante y era lo que más nos apetecía en ese momento. La temperatura del agua era perfecta y del fondo del lago salían unas burbujas que hacían un efecto jacuzzi muy relajante. Todo era tranquilidad, salvo cuando el pesado de Alberto te sorprendía por la espalda con una de sus ahogadillas. Al salir del lago nos dimos cuenta de que había pasado muchísimo más tiempo del que en realidad creíamos ya que habíamos estado bañándonos durante más de 5 horas. Tras habernos secado y vestido estuvimos un rato charlando y bromeando, cuando de pronto Mónica empezó a sentir unos espasmos que se hacían cada vez más fuertes. -¿Qué me está pasando? Repitió varias veces muy asustada hasta quedar inconsciente. Pero no sería la única a la que le pasaría ésto, ya que unos minutos después, mientras intentábamos que Mónica despertara, a Javi le pasó lo mismo y uno tras otro fuimos cayendo y quedando inconscientes en el suelo de aquella fría cueva.

Al despertarme quedé cegado por una luz blanca que apuntaba a mis ojos. Tras recuperar la visión me di cuenta que lo que había a mi alrededor no eran las paredes de la cueva en la que nos desvanecimos. ¿Dónde me encontraba?, ¿dónde estaban mis amigos? Aquello parecía la habitación de un hospital. Estaba conectado a un montón de aparatos raros y me extrañaba mucho que todos los letreros e indicaciones estuvieran escritos en inglés.

En cuanto desperté, la médica que estaba conmigo en la habitación salió de la misma y regresó después de un rato acompañada de un grupo de médicos, me cambiaron de camilla y me llevaron a otra sala. Los pasillos eran muy luminosos, tanto que molestaba a los ojos. Había gente con bata blanca por todos lados, algo que es típico de cualquier hospital aunque hubo un detalle que me desconcertó: también había muchos hombres con traje militar y armados hasta los dientes por todas partes. En mi traslado a la otra sala escuché muchas conversaciones, pero no pude entender nada ya que todo el mundo hablaba en inglés.

Tras un largo paseo por aquellos pasillos llegamos a una puerta en la que se podía leer: RESTRICTED AREA – AUTHORIZED PERSONNEL ONLY. La puerta daba a una sala gigantesca llena de niños. A cada uno le acompañaba un hombre con bata blanca, parecían estar recibiendo algún tipo de entrenamiento. Todo era muy extraño: los niños eran poseedores de ciertas habilidades especiales y allí se les estaba enseñando a controlarlas. También pude ver a mis compañeros aprendiendo a desarrollar las suyas; pude ver a Javi levitando por unos instantes, a Mónica convirtiendo el agua en hielo con solo tocarla, a Alberto atravesando una pared sin necesidad de puerta alguna y a Ana moviendo un lápiz con la mente. ¿Qué es lo que pasaba allí? ¿Qué era todo aquello? Me sentía muy confundido. De pronto sonó una sirena y todos los niños se dirigieron a una especie de descampado inmenso y muy arenoso en el que había un letrero gigante en el que se podía leer: AREA 51. No sabía qué podía significar aquello.

Parecía la hora del recreo. Uno de los médicos me indicó mediante gestos que lo acompañara, me dejó en el patio donde estaban los niños y se fue. Lo primero que hice una vez me dejaron “libre” fue buscar a mis amigos ya que quería ver si ellos me podían dar una explicación a lo que estaba pasando. Me metí entre los cientos de niños que allí podía haber pero no daba con mis amigos, hasta que escuché que alguien me llamaba: ¡Juan!, ¡Juan!, ¡estamos aquí! Allí estaban, en una de las zonas cubiertas de aquel extenso campo de arena. Cuando me acerqué lo suficiente a ellos, me dieron un abrazo. – Creíamos que no volveríamos a verte. Dijo Ana. Les conté lo que había visto en aquella especie de “hospital” y ellos me contaron la razón por la que estábamos allí. Sus instructores les habían puesto al corriente.
El lago en el que nos bañamos es un experimento que el gobierno americano lleva en secreto desde los años 30. Parece estar poseído por una especie de conjuro que unos druidas de una tribu prehistórica echaron sobre él. ¿Recuerdas la pintura de la cueva en la que se veían a varios hombres que dirigían una especie de rayos a lo que parecía un un charco de agua? Ese charco era el lago. Dijo Alberto.
Desde que los americanos descubrieron aquello, todo el que se baña allí cae desmayado habiendo previamente adquirido una serie de habilidades especiales imposibles para cualquier ser humano. Por lo que nos traen aquí para que desarrollemos esas habilidades y trabajemos para su ejército. Desde este momento hemos dejado de ser personas para convertirnos en máquinas de guerra.

Juan Manuel Regalado Hens

viernes, 22 de mayo de 2009

Pereza


“Oye, ¿estás durmiendo?"

Otra vez esa voz, me taladra la cabeza. Qué se calle por favor.

“No, me estoy mirando por dentro” le digo, lacónica.

“Déjate de tonterías. Levántate y ven a ayudarnos. No te quedes ahí como una inútil”. Se va. Veo como sus pies se alejan en la arena. Inútil. Inútil. ¿Inútil? La palabra se queda flotando en mi mente de diversas formas y recuerdo. Siempre he sido tan guapa, tan rica…y siempre me he sentido tan inútil. ¿Cómo no se da cuenta? Soy inservible, soy frágil y soy cobarde. Tengo miedo de que vean que soy una inútil de verdad. Por eso me pongo mis enormes gafas de pasta negra enormes y me estiro a tomar el sol mientras los otros trabajan. Aparentemente relajada. Aparentemente despreocupada. Aparentemente altiva.

Asquerosa pereza, pecado de los inútiles.

Cristina Sampedro Alonso

jueves, 21 de mayo de 2009

Soberbia


Jueves, 8.00
Una mañana más. Me levanto y tengo que estar lista antes de las nueve para cuando llegue Marcos salir a desayunar. Una de las pocas tradiciones que aun conservo.

9.05… 9.10. Nunca se retrasa, ¿le habrá pasado algo? 9.30. Ya no puedo esperar más, voy a llegar tarde a trabajar. Lo llamaré desde allí. Estupendo, no coge el teléfono, pero bueno, ya me llamará cuando vea las veces que lo he llamado.

21.00. Estoy muerta, vaya mierda de trabajo. Pronto se acabará, cuando Marcos y yo nos marchemos de esta horrible ciudad. Mmm… Que extraño, yo no suelo utilizar este tipo de palabras.

23.00. Le dejaré un mensaje en el buzón de voz. No tengo que preocuparme, si hubiera ocurrido algo malo me habrían llamado, soy su número de emergencias.

Viernes, 8.00
De nuevo a trabajar. ¿Algún mensaje o llamada en el móvil? No. ¿Tendría que empezar a preocuparme? Me pasaré por su casa. Nadie responde al telefonillo. Me voy a la acera de en frente por si puedo ver su ventana desde allí, nada. Vuelvo a picar y me responde una chica, creo que es su hermana. Le digo quien soy y le pregunto por él, pero me cuelga inmediatamente.

22.00. Todo es un poco raro, pero no me siento mal, ni tampoco desesperada por la situación. Intento recordar si ha pasado algo entre los dos, pero no encuentro nada dentro de mi cabeza.

Sábado, 10.00
Salto de la cama llorando sin parar. Pasan cinco minutos, ya estoy un poco más calmada. Me siento en el borde de la cama e intento recordar la dichosa pesadilla. Hace cosa de una semana, en casa de Marcos, discutimos no recuerdo por qué. Pero esta vez ya no era yo la persona altruista de la relación, ya no intentaba darle la razón en todo. Ahora no aceptaba su argumento, estaba segura de que yo llevaba la razón, por mucho que él dijera. Pero esto es rarísimo, ¿cómo podía ser que yo me diese la razón cuando yo le había puesto los cuernos? Es algo que en realidad jamás me perdonaría a mi misma.

11.00. Tengo la sensación de que la pesadilla fue real y no un sueño. Volveré a llamarlo. Por fin me responde, pero sólo para decirme que lo deje tranquilo y que no lo vuelva a llamar nunca más. Cuelgo el teléfono, esperando una oleada de lágrimas, pero no llegan, no me siento nada mal. Me levanto y voy hacia el baño. Me miro en el espejo, me gusta lo que veo. Yo, Beatriz, una chica guapa y llena de soberbia. Mi nueva yo.

Gloria Romero García